ESCRITOS

En plein air

Enrique Hernández

3 de octubre de 2026

Estas últimas semanas he estado pintando mucho al aire libre, y me está encantando la experiencia. No era algo que hubiese hecho anteriormente, y verdaderamente me fascina cuánto ocurre «ahí», en esas horas en el mundo exterior. Por un lado, es una experiencia tranquila y sobrecogedora: tanta belleza que dejamos pasar de largo en cualquier paseo, en nuestros momentos cotidianos. Por otro, se convierte rápidamente en una actuación vivaracha y revoltosa de las fuerzas de la temporalidad: entender y simplificar —observar para admirar, sí, ¡pero también observar para comprender, y para explicar!— ante la luz que avanza gota a gota y que en un descuido te ha cambiado la estructura por completo. Hay mucha pasta de imaginación en representar un objeto cambiante, y es paradójico, porque en la observación uno pronto se ve rellenando los huecos, no con lo que está viendo, sino con lo que ya no ve.En un mundo que parece haber olvidado admirar la complejidad de lo sencillo, plantar el caballete y empezar a escudriñar lo coloca a uno como el perfecto idiota que se maravilla con la belleza de empezar a separar capas y objetos, de entender que ese bosque son mil bosques, o que esa pared blanca es en realidad un nido de laberintos. Ha comenzado la caza. Y aquí, en lo extático de la observación, el ansia infantil de querer abarcarlo todo.Empieza el frenesí presentado como carrera pictórica de un martes contra el sol, de que no se escape nada de lo que no podemos llevarnos, de que ni una uva se caiga del morral. Y entonces, en el pico de ceguera uno empieza a aventurarse hacia la única solución posible: simplificar, agrupar, comprimir, pero no ya desde aquella mentalidad absurda del que no admira, como cuando estaba uno llegando por el camino, lienzo en mano y más cachivaches de los que el sol de septiembre debería permitir soportar, buscando el lugar propicio, analizando la presa. No. Ahora se trabaja desde una mirada nueva: el artista, transformado por la belleza, no deja pasar nada como haría el mundano transeúnte, sino que, poco a poco, va cerrando el caleidoscopio igual que antes lo abrió hasta cegarse.Es en este cerrar que va ocurriendo el acto pictórico. Uno no pinta lo simple, sino que simplifica pintando. Se va estrechando la vía, pedalada a pedalada; se va haciendo camino a base de deshacer el campo, a brazadas, escurriéndose hasta que ha quedado todo claro. Y es al final, cuando uno aparca sudoroso el pincel, que el visor se ha cerrado por completo y la obra está acabada, y el artista se percata, no porque se asemeje a lo que —ahora devuelto al mundo— compara con la realidad, sino porque ha saciado su entendimiento y se encuentra satisfecho con su comprensión de lo que ha existido ante sus ojos, quizá solo un instante, o quizá muchos, pues en torno a esos atisbos ha tenido que desplegar sentidos y sentimientos para ponerlos en orden y esclarecer lo que, antes de empezar, no sabía y ahora sabe.


Textos publicados en otros medios

 

As long as you tell the truth (sobre la observación y la búsqueda de autenticidad en el arte).
Nua Collective, Anecdotes, número 3.
What is real and what is not (sobre lo inquietante y la ambigüedad de las formas).
Nua Collective, Anecdotes, número 2.
How to express a feeling (sobre la expresión emocional a través de la obra pictórica).
Nua Collective, Anecdotes, número 1.

 

 

 

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